21.4.88

apuntes sobre literatura y música pop



Entrevista de Xavier Oquendo con Gabriel Peveroni


¿Cuáles son los tres títulos de la literatura universal a los que se acerca constantemente a releerlos?
No soy tanto de releer sino de perseguir lecturas nuevas. Sin embargo, Crimen y castigo de Dostoievski lo he abierto varias veces para refrescarme a Raskolnikov. Los clásicos de Shakespeare siempre son un bienvenido refugio, y poco importa la traducción o el estado de la edición con que me los encuentre. Y, por último, las descripciones que hace Bret Easton Ellis de sus personajes, me llevan a abrir American Psycho o Glamourama en cualquier página.
¿Qué haría por obtener un ejemplar de la primera edición de algún libro famoso de la literatura y cuál sería ese título?
Mi fetichismo es probable que sea más musical que libresco, pero guardo entre mis pertenencias algunos tesoros de la literatura uruguaya del siglo veinte. Un ejemplar de Baco y las hordas, por ejemplo, que es un extrañísimo libro de poesía publicado hace veinte años y del que nadie me ha podido decir nada sobre sus autores. Y es un libro genial. A veces voy hasta la Biblioteca Nacional, simplemente a constatar que todavía existe el único ejemplar que conozco de La llave en la cerradura, un libro extraordinario de un poeta uruguayo llamado José Parrilla, publicado allá por 1941.
¿En qué libro ha encontrado su definición de “vida”?
En ninguno en particular y en todos los que de algún modo me dejan huella. El personaje de Apuntes del subsuelo, de Dostoievski, es ese mismo looser contemporáneo que aparece en tantas canciones pop o en las novelas de Easton Ellis. Por ahí encuentro espejos personales en libros de Nick Hornby, un ejemplo de autor que te enseña a “crecer”. Pero la definición de “vida” se me escapa, y precisaría la sensación en fragmentos de diversas obras, en las miradas de muchos personajes frente al mundo. Hay una novela chiquita como Desde el cielo, de Alice Sebold, que me encantó y perturbó como pocas, al ser narrada desde la voz de una niña asesinada. Naif y terrible. Otra gran enseñanza sobre la vida, en otro estado de la mente radicalmente opuesto, pueden ser los relatos humorísticos de alta sociedad de Wodehouse. No hay reglas para aprender sobre la vida.
¿Qué historia de amor de la literatura le hubiera gustado vivir?
Hay miles de historias de amor, pero hay una sola, la de Romeo y Julieta, que condensa la pasión juvenil más intensa y auténtica. Debe existir un momento en cada vida, en donde por un segundo algo explota y lo que se nos ofrece es representar una vez más la tragedia de Romeo y Julieta.
¿Qué obra de la literatura le gustaría ver en el cine?
Detesto el cine. Así, con esas palabras. A veces me logra contagiar y me conquista con sus colores y montajes vertiginosos. Por cierto que ví muchísimas películas, pero siento al punto central de la pregunta –el pasaje de una obra literaria al cine- como una especie de traición. De todos modos las cosas se han acomodado, y hay un tipo de literatura, amable y obsecuente, que le da de comer a la industria del cine. En esos casos, prefiero ver la película que aburrirme soberanamente en 400 páginas. El factor tiempo, digamos. Por todo esto, intentaría poner al cine en un aprieto, que tuviera que bajar de su trono arrogante... así que me gustaría ver, al azar y sin pensarlo mucho, una versión fílmica de G de John Berger. Teniendo en cuenta que Tarkovskii está muerto y que Tarantino no filma historias sin chicas lindas, no creo que ningún cineasta pueda alcanzar la belleza de la pluma de Berger.
¿A qué autor de la literatura universal considera injustamente olvidado?
Los olvidos tienen que ver con distintas razones, que van desde modas estilísticas hasta la dictadura de la pereza y la ignorancia. En este tiempo histórico a mí me preocupan particularmente los olvidos que tienen que ver con el lugar que se ocupa en el mundo y con la balcanización –por ejemplo- de las diferentes literaturas nacionales y regionales. No soy partidario de hablar de “literatura universal”, así, a secas, porque me suena a esas colecciones aburridas llenas de polvo que tienen años y años encima. Detesto la antinomia “música culta-música pop” por falsa y reaccionaria, simplemente reduccionista. ¿O acaso Mozart no pretendía ser (y lo era) un artista pop, según los cánones de su época? Y hablando de olvidos, preferiría centrarme en esos autores geniales que jamás conoceremos, sean contemporáneos o no. Me encantaría saber que en Japón y en Venezuela se leyera a Mario Levrero, a quien considero uno de los grandes autores uruguayos del siglo veinte. Me gustaría levantar la bandera de ese tipo de “olvidados”. Porque sé que no hay muchos por ahí leyendo textos de Bernard Marie Koltès, por ejemplo.
¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado que exista, efectivamente?
Todos los personajes que leí y con los que disfruté de sus aventuras y desventuras, existen. Y no es que existan en las palabras, en el papel. Existen porque se pegan a nuestras vidas y nos acompañan.
¿En qué personaje de la literatura se ha visto reflejado en virtudes y defectos?
No quiero volver a hablar de los looser. No son buena compañía, ni mucho menos sensatas autoreferencias. Pero hay un libro tremendamente perturbador, para aquellos que somos escritores, que se llama Un mundo exasperado, del español González Sáinz. El personaje que está allí se parece demasiado a unos cuantos. Por lo tanto, es peligroso.
¿Cuáles son las cinco palabras que utiliza con obsesión en su literatura?
Cavilaciones, Deslizar, Encerrado, Amor, Caminar.
¿Con qué está comprometida su literatura?
Mis escritos guardan compromiso, en primera instancia, con la literatura. Este compromiso lo concibo en el plano de ser fiel a mi pensamiento y a las búsquedas que yo creo relevantes en el terreno del arte. No es un camino fácil. Todo lo contrario. Porque muchas veces prima, para mí, la forma antes que el contenido. Y eso me ha traído problemas con quienes pregonan un compromiso del arte con la sociedad, con el cambio social.
¿Cómo sería su vida sin la literatura?
A veces hay que tomar decisiones muy fuertes, personales, para no caer en la frivolidad más absoluta que nos ofrece la vida contemporánea. No es fácil escaparle a la medicina que tenemos que consumir, cotidianamente, desde el arte entendido como masivo. Como consumidor, siempre estoy alerta, buscando esa librería diferente, navegando en internet, tratando de romper barreras. Y no hay que perder el tiempo y obligarse, a veces, a dejar de ir al cine o mirar la tevé. La buena literatura como la buena música y otras artes, está arrinconada, herida de muerte, y no solo por la dictadura del consumo, sino por culturas oficiales o construcciones de identidades (por ejemplo la uruguaya) que coartan la fluidez de productos emergentes y diferentes. Por eso, como defensor de lo minoritario, estoy siempre en guerra y alerta, y entre mis banderas está la buena literatura.



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